Instantáneas

Instantáneas. La novela de un paisaje
Pinturas de Fernando Amengual 2010

Instantáneas denomina Fernando Amengual a esta exposición de pinturas en Casa Mayor. Desarrolladas en los últimos diez años, estas obras se prefiguran como largos ejercicios de reflexión sobre el género del paisaje, en los que cabe no sólo el espacio sino el tiempo, pues han sido realizadas en locaciones y en tiempos reales, en la naturaleza y en la ciudad.
La serie Instantáneas está compuesta de una treintena de óleos de mediano formato con temáticas paisajísticas. Las imágenes, construidas desde la contemplación de la realidad empírica, las leyes de la luz, son condicionadas desde la experiencia de la producción a plein air o al aire libre del autor.
Comunicar una otra sensibilidad estética de sus experiencias de estar y vivir en Paraguay, tomando como medio la pintura, buscaría la contextualización de la mirada y del entorno físico. Amengual vuelve a un viejo amor, la pintura al óleo, una de las técnicas de su formación artística para concretar esta empresa.
Una carrera que ha echado mano también de conceptualismos, en una aparente contradicción iconoclasta, pero que en estas pinturas revindica el placer de la observación, dadas por las dimensiones táctiles y ópticas de la pintura. Nos encontramos ante un tipo de exposición que aunque apele esencialmente a la vista, gira firmemente en torno a un argumento o tesis, que pretende darnos información y hacernos “reflexionar”.
En esta investigación, Amengual se arropó, en primer término, en la ya consolidada tradición moderna del paisaje, fraguada en el siglo XVIII, y sesgando su visión en la abstracción. Hace suya la interpretación en términos culturales y estéticos de las cualidades de un territorio, lugar o paraje.
Técnicamente, suscribe un gesto expresionista cargado de fuerza en la pincelada y en una personalísimo paleta cromática que lo hermana con el trabajo de referentes del expresionismo como Emil Nolde o Ludwig Kirchner; y a nivel local, hasta podría recordarnos cierta pintura de Jaime Bestard o Edith Jiménez. Sin la máscara de lo objetivo y de la representación literal, el artista acomete la aventura de ver por sí mismo, y aquí están los resultados.
Estos paisajes más personales que miméticos nos confrontan con la comparación entre el modelo original y su réplica, algo que no siempre funciona como idealmente nos gustaría. Opuestas al naturalismo, las imágenes pretenden imprimir a la imagen un marco de credibilidad, de ser una descripción personal y por ende, ser lo más subjetivas posibles.

La teoría del color y el interés en la óptica son el corazón de esta propuesta. La originalidad en la interpretación del color según su tránsito diario y su consiguiente interpretación, se resuelve aquí casi sin contrastes, intentando capturar los constantes cambios de luz.

El paisaje físico, decíamos, se convierte en centro de esta observación. La posibilidad de revisar y confrontar el lugar donde se vive, conformando el interés en fijar una mirada al paisaje territorial y, que se deslizan, al menos especulativamente, al terreno de lo personal.
Si bien la dimensión de identidad individual queda diluida en el gran tema del paisaje de estos trabajos, queda en evidencia, como siempre, el autor de estas miradas. Un personaje múltiple, con varias biografías posibles, ya sea en éxtasis ante la naturaleza o en devoción urbana. El periplo, el viaje por distintos espacios geográficos desde los últimos ecosistemas de bosque Atlántico tropical a la masa de cemento gris pardo de la ciudad, podrían hacernos comprender el tránsito vivencial del cronista y sus preocupaciones.
Si “el hombre no elige el lugar, se limita a descubrirlo”, como dice Mircea Eliade, estos trabajos son doblemente universales, al contener instantes contemporáneos de un lugar, y aún así desdoblarse hacia cuestiones íntimas. La “realidad” del paisaje sería para el autor siempre una materia prima, un pretexto para fantasear, para intentar a partir de ahí contar una ficción. Y además, para desplegar valores plásticos autónomos del tema, como serían la expresividad gestual, el color saturado, el ritmo o la misma materia.

Datos y especulaciones
Si pensamos que recién a mediados del siglo XIX se perfeccionó la tecnología de la pintura al óleo, al poder envasarse en pomos y así ser fácilmente transportable, los artistas pudieron pintar cómodamente al aire libre. Esta situación, junto a la fotografía, problematizaron la imagen a una aventura que hoy, casi dos siglos después, estamos comenzando a comprender.
Registrar los paisajes naturales y urbanos es sobre todo una operación de reproducción analógica, una en la que se presupone que lo que vemos sería “el mundo real”. Las consecuencias de la observación de la fotografía y el cine, escribirían indeleblemente las primeras páginas de conquista del arte moderno occidental.
Instantáneas se inscribiría en el contexto de una narración geográfica imaginaria. De lugares sometidos a constante cambio, como ubicaciones «sin nombre», un atlas de geografías de ficción, aunque provengan de la mismísima realidad. Obras que son testigos de un lugar, pero mediadas por la subjetividad.
Como la pintura de sus admirados héroes de las vanguardias, la de Amengual es una más preocupada por los valores de originalidad que de verosimilitud. En sus palabras, “un encuentro entre colores y luces en un tiempo presente, en vivo, sin otras mediaciones más que los pinceles y la tela (…) en las que busco el color de las sombras y los pliegues, intentando encontrar significados más allá de la superficie”.


Todas las obras son fragmentos y conformarían equívocamente en sí mismas una unidad, como un mundo que funciona autosuficiente. En las vistas urbanas, quizás pueda emerger otro nuevo, diferente, del que nos queda todo por aprender. La ciudad, entrevista desde rincones naturales como el Jardín Botánico o Chaco-i, se prefigura en condiciones urbanas excesivas, o la bahía de Asunción es retratada con su aún verde cinturón.
Al contrastar la mayoría de paisajes de la naturaleza con los paisajes urbanos, el artista pareciera interesarse en ese límite, en la frontera entre cultura y naturaleza. Evidente esto en las imágenes de Asunción, hoy una masa de color cemento pardo en los que presentimos que el capital, el consumo y los deseos ya no crecen en los árboles.


Fernando Amengual ofrece una versión pictórica y local del género, y se deleita contándonos que el arte puede representarlo casi todo, hasta los motivos más recurrentemente explorados. En estos paisajes cabe la técnica, el cálculo, la geografía, y hasta podría colarse la historia, pero, obviamente son obras de arte, o ficciones, como se prefiera. Y lo reconfortante es constatar aquí la versatilidad de esta pintura, que se apropia de todo y es capaz de brindar otra dimensión al paisaje que miramos, casi sin darnos cuenta, cada día.

Fernando Moure
Asunción, 31 de agosto de 2010
 

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